Hace más de dos siglos vivía en esta ciudad un caballero de
una fortuna considerable. Entre sus muchas fincas había una llamada La Cruz.
Era muy estimado por todo el mundo. El caballero se llamaba Antón de Juárez y
su esposa, enferma, perdió pronto la hermosura. Esto provocó que se fijara en
otra mujer, más joven, que vivía con un compadre suyo.
Antón tuvo la idea de matar a su mujer para poder casarse
con la joven de la que se había enamorado. Así que cuando llegó la primavera le
dijo a su esposa que para aliviar sus padecimientos sería mejor que se
marcharan a la finca de La Cruz. Una vez instalados en la casa de recreo, Antón
de Juárez dispuso una cacería y se marchó con su compadre y otros amigos, dejándola
sola en la finca.
Una noche volvió a caballo y entró en la casa. Subió a la
habitación donde dormía la esposa y sin que lo pudiera evitar le clavó una daga
sin la empuñadura, para que pareciera que la muerte era debido a su enfermedad.
Después de matarla, tiró un candil y la casa salió ardiendo. Tras el crimen volvió
a la cacería para no despertar sospechas.
Al día siguiente un criado corrió a llevar
esta triste noticia al lugar donde estaba de montería. Antón de Juárez, se
apresuró a bajar a Córdoba, disimulando su dolor.
Un primo de la víctima sospechaba de Antón, aunque no quiso
decir nada, porque le debía mucho dinero. El cadáver fue depositado en un panteón
que la familia tenía en uno de los conventos de Córdoba.
Al año se casó por segunda vez con la mujer con quien
mantenía ilícitos amores. Todos los parientes de su primera mujer huyeron de él
dejándolo solo con su nueva esposa.
Diez años transcurrieron y ya casi nadie se acordaba del
crimen cuando el destino dispuso que falleciese otro familiar de la mujer
asesinada y, como era costumbre, el cadáver fue a parar a la misma bóveda en que
estaban los restos de la primera esposa de Juárez. Al moverla, apareció entre
los huesos la hoja de una daga que todos reconocieron por haberla visto alguna
vez en poder de Antón de Juárez. Esta noticia no tardó en extenderse. El
corregidor de Córdoba, acompañado de alguaciles, se presentó en la casa de
Juárez y éste, viendo la que se le venía encima, se hizo el enfermo. La
presencia del médico logró que el corregidor lo dejase en su casa bien
vigilado. Ese día por la noche salió un hombre con tres caballos, dos para los jinetes
y otro con cofres llenos de riquezas. Antón de Juárez se reunió con él cuando
pudo burlar la vigilancia que le habían puesto en su casa y se prepararon para
escapar cuando empezaron a discutir por la fortuna que llevaban. Al final no se
fueron juntos porque el compadre le dijo que no confiaba en él. Entonces cuando
el compadre se dio la vuelta y se iba a ir, Antón se tiró sobre él con una daga
diciéndole:
- “Muere, infame ladrón”
Pero el compadre estaba preparado y lo echó al suelo
quitándole la daga para clavársela en el pecho, a la vez que le decía:
-”Adiviné tus pensamientos, miserable. No has querido partir
conmigo tus riquezas; ahora yo las tomo todas”.
Después de haberlo matado se subió en su caballo y se marchó
con las riquezas a un pueblo de Extremadura. Allí se extrañaron tanto de la
fortuna que llevaba que lo delataron a la justicia y lo detuvieron. Cuando
llegaron las noticias de Córdoba lo devolvieron con todas las riquezas y
cargamentos. Este miserable fue sentenciado a perder la cabeza. La hermandad de
la Caridad recogió el cadáver para darle sepultura y, conforme a las costumbres
de aquellos tiempos, se erigió esta cruz en memoria de tan lamentable suceso.
Antonio Waliño
Salva Pérez
Desirée Higueras
















0 comentarios:
Publicar un comentario